El insensato que construyó su casa sobre la arena.
Es uno de esos pasajes bíblicos que están presentes en la cultura popular y que se pueden utilizar fácilmente sin representar afinidad religiosa. La frase viene al caso al considerar la situación que hemos visto en Chiapas, la península de Yucatán, Pakistán e incluso Nueva Orleans. Hemos visto la destrucción originada por fenómenos naturales, sin embargo debemos detenernos a considerar que esa destrucción tuvo lugar por la presencia de asentamientos humanos. ¿Somos insensatos por establecernos en zonas sísmicas o del paso de huracanes? la respuesta debe ser no, en esta vida siempre equilibramos riesgos frente a beneficios, empezando por el riesgo de salir de la casa. La ciudad de México tiene más habitantes que más de una veintena de países por su magnífico clima (en pocos lugares del mundo la gente se queja del calor cuando están a 25° y del frío al estar a 15°), abundancia de agua (originalmente) y ya hablando en términos sociales dada la multiplicidad de oportunidades que ofrece. Por tanto sí de repente puede haber un temblor los beneficios superan a los riesgos (tembló fuerte en el 57, en el 85... un temblor cada treinta años no es motivo para irse a vivir a Aguascalientes, por poner un ejemplo).
Lo mismo pasa en las costas, todos los beneficios del mar llevan el riesgo de un huracán o un tsunami, pero ahí estamos. El problema se vuelve que al crecer las poblaciones las tragedias se vuelven más grandes, si a eso sumamos el factor pobreza la catástrofe puede llegar a ser dantesca, y en ese sentido comparto la preocupación de Denise Maerker, ¿Qué hacemos si nos tocó la primera fila en el calentamiento global? ¿Qué hacer si tendremos que preparanos para Stan's, Katrinas y Wilmas cada año? ¿Cómo responder a la magnitud de la naturaleza que hemos alienado (puede que eso sea un oximoron) si las necesidades humanas demandan permanecer en esos lugares tan afectados? ¿Por cuánto tiempo los beneficios superarán los riesgos?
Creo que la insensatez estuvo no en construir casas cerca de la arena (ni tampoco en escuchar ciertas voces como reza el pasaje citado) sino en poner chimeneas, consumir productos que a la postre podrían acabar en el mismo resultado, el derrumbe de nuestras construcciones.
Lo mismo pasa en las costas, todos los beneficios del mar llevan el riesgo de un huracán o un tsunami, pero ahí estamos. El problema se vuelve que al crecer las poblaciones las tragedias se vuelven más grandes, si a eso sumamos el factor pobreza la catástrofe puede llegar a ser dantesca, y en ese sentido comparto la preocupación de Denise Maerker, ¿Qué hacemos si nos tocó la primera fila en el calentamiento global? ¿Qué hacer si tendremos que preparanos para Stan's, Katrinas y Wilmas cada año? ¿Cómo responder a la magnitud de la naturaleza que hemos alienado (puede que eso sea un oximoron) si las necesidades humanas demandan permanecer en esos lugares tan afectados? ¿Por cuánto tiempo los beneficios superarán los riesgos?
Creo que la insensatez estuvo no en construir casas cerca de la arena (ni tampoco en escuchar ciertas voces como reza el pasaje citado) sino en poner chimeneas, consumir productos que a la postre podrían acabar en el mismo resultado, el derrumbe de nuestras construcciones.
